miércoles, 29 de octubre de 2014

Antecedentes del evolucionismo: el esencialismo clásico.

Durante la mayor parte de la historia la visión dominante en el ámbito de la biología ha sido el fijismo, la idea de que las especies vivas son inalterables, siempre han sido como las conocemos hoy en día y no cambian con el paso del tiempo. Hay que esperar hasta la segunda mitad del siglo XVIII, con la teoría de Lamarck y, aún más, hasta la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin, en 1859, para que la idea evolucionista se abra paso. En su obra Evolución, el biológo Richard Dawkins se pregunta por qué Darwin tardó tanto tiempo en aparecer en escena. Para entender esto, en su opinión, más importante incluso que el creacionismo bíblico resultó una concepción filosófica que podemos denominar el “esencialismo biológico” :

¿Qué retrasó la llegada de la humanidad a esa idea sencilla y luminosa que parece, al verla, mucho más simple de entender que las ideas matemáticas que nos había dado Newton dos siglos antes, o incluso Arquímedes dos milenios antes? Se han sugerido muchas respuestas. Quizá nuestras mentes estaban cohibidas por el tiempo total que debe pasar para que se lleven a término los grandes cambios —por el desajuste entre lo que ahora llamamos tiempo geológico profundo y el tiempo de vida y de comprensión de la persona que intenta entenderlo—. Quizá fue el adoctrinamiento religioso lo que nos retrajo. O quizá fue la sobrecogedora complejidad de un órgano vivo, por ejemplo un ojo, cargado como está con la cautivadora ilusión de haber sido diseñado por un maestro ingeniero. Probablemente todo tuvo que ver. Pero Ernst Mayr, el gran abuelo de la síntesis neodarwiniana, que murió en 2005 a la edad de cien años, sostenía insistentemente una posibilidad diferente. Para Mayr la culpable era la antigua doctrina filosófica del —por darle un nombre moderno— esencialismo. El descubrimiento de la evolución fue retenido por la mano muerta de Platón.

Para Platón, la «realidad» que creemos ver son sombras proyectadas sobre la pared de nuestra caverna por la temblorosa luz de un fuego de campamento. Como otros pensadores clásicos griegos, Platón era en el fondo un geómetra. Cada triángulo dibujado en la arena es una sombra imperfecta de la esencia verdadera del triángulo. Las líneas del triángulo esencial son líneas euclídeas puras, con longitud pero sin grosor, líneas definidas como infinitamente estrechas y que nunca se cruzan cuando son paralelas. Los ángulos del triángulo esencial suman exactamente dos ángulos rectos, ni un picosegundo de arco más o menos. Esto no ocurre con los triángulos dibujados en la arena: el triángulo de la arena, para Platón, es una sombra precaria del triángulo esencial ideal.

La biología, según Mayr, está asolada por su propia versión de esencialismo. El esencialismo biológico trata a los tapires y a los conejos, a los pangolines y a los dromedarios, como si fueran triángulos, rombos, parábolas o dodecaedros. Los conejos que vemos son lánguidas sombras de la «idea» perfecta del conejo, del conejo platónico ideal, esencial, que anda por algún sitio en el espacio conceptual junto con todos los átomos perfectos de la geometría. Los conejos de carne y hueso pueden variar, pero sus variaciones se ven siempre como desviaciones defectuosas de la esencia ideal del conejo.

¡Qué imagen tan desesperadamente antievolutiva! El platónico ve cada cambio en los conejos como una desviación desordenada del conejo esencial, y siempre habrá resistencia al cambio —como si todos los conejos reales estuvieran unidos por una cuerda invisible al conejo esencial en el cielo—. La visión evolutiva de la vida es radicalmente opuesta. Los descendientes pueden desviarse indefinidamente de la forma ancestral y cada desviación se convierte en un ancestro potencial para variaciones futuras. De hecho, Alfred Rusell Wallace, codescubridor con Darwin, aunque de forma independiente, de la evolución por selección natural, llamó a su artículo «Sobre la tendencia de las variedades a desviarse indefinidamente de su tipo original».

Si hay un «conejo estándar», no es otro que el centro de una distribución con forma de campana de conejos variables, que saltan y corretean. Y la distribución cambia con el tiempo. Según pasan las generaciones puede llegar un punto, que no está bien definido, en el que la norma de lo que llamamos conejos se haya desviado tanto que merezca un nombre diferente. No hay una «conejidad» permanente, no hay esencia de conejo colgando en el cielo, solo poblaciones de individuos con bigotes nerviosos, coprófagos, de largas orejas y peludos con una distribución estadística determinada por las variaciones de tamaño, forma, color y propensiones. Las largas orejas que solían ser el extremo de una distribución antigua pueden, más tarde en tiempo geológico, llegar a ser el centro de una nueva distribución. Dado un número suficientemente grande de generaciones, puede no haber solapamiento entre distribuciones de ancestros y de descendientes: las mayores orejas entre los ancestros pueden ser más cortas que las orejas más cortas entre los descendientes. Todo fluye, nada está estático, como dijo Heráclito, otro filósofo griego. Después de un millón de años puede ser difícil creer que los animales descendientes tuvieran alguna vez a los conejos como ancestros. Sin embargo, en ninguna generación durante este proceso evolutivo estuvo el tipo dominante de la población lejos del tipo modal de la generación anterior o de la siguiente generación. Esta forma de pensar es lo que Mayr llamó «pensamiento de poblaciones». Para él, el pensamiento de poblaciones era la antítesis del esencialismo.

Según Mayr, la razón por la que Darwin llegó tan excesivamente tarde a la escena histórica fue porque todos tenemos —bien sea por la influencia griega o por otra razón — el esencialismo grabado en nuestro ADN mental. Para aquellos que están estancados en las ideas platónicas, un conejo es un conejo. Sugerir que la «conejidad» constituye una especie de nube en movimiento de medias estadísticas, o que hoy un conejo típico puede ser diferente del conejo típico de hace un millón de años o del típico conejo de dentro de un millón de años, parece violar un tabú interno. De hecho, los psicólogos que estudian el desarrollo del lenguaje nos dicen que los niños son esencialistas naturales. Quizá tienen que serlo si quieren mantenerse cuerdos mientras sus mentes en desarrollo dividen las cosas en categorías discretas y designan a cada una con un nombre. No sorprende que la primera tarea de Adán, en el mito del Génesis, fuera poner nombre a todos los animales.
Richard Dawkins. Evolución.

No obstante lo anterior, lo cierto es que el personaje que dominó el pensamiento biológico durante siglos no fue Platón, sino Aristóteles, cuya teoría es, eso sí, plenamente esencialista. Para Aristóteles, todo ser está compuesto de una materia y una forma, o es, de hecho, una materia dotada de forma. La forma o esencia es lo que hace que cada cosa sea algo concreto. En el caso de los seres vivos existe una forma sustancial que es común a todos los miembros de la misma especie y que correspondería al tipo ideal al que se refiere Dawkins en el texto anterior. Pero, a diferencia de Platón, Aristóteles no cree que esa esencia sea un principio abstracto e ideal, sino algo presente y actuante en cada ser vivo y que se transmite en la reproducción biológica de generación en generación. ¿Cómo se lleva esto a cabo? En su obra La reproducción de los animales, Aristóteles estudia la reproducción sexual, en la que, afirma, cada sexo tiene su función propia. El papel de la hembra o la mujer es suministrar la materia del nuevo ser, a partir de la sangre que se encuentra en sus órganos genitales. La función del macho es suministrar, mediante su esperma o semilla, la fuerza generadora o activa capaz de moldear, dar forma o construir otro ser vivo a partir de la materia proporcionada por la hembra. De este modo, cada padre transmite a su descendencia la forma sustancial de su propia especie, lo que hace que ésta se perpetúe. Las pequeñas variaciones entre los miembros de cada especie se explican por las circunstancias concretas de cada concepción, pero el ser propio de la especie permanece inalterable a través de las generaciones.

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